El efecto Homelander
Sociedad

El efecto Homelander

Toca una nueva reflexión. Esta semana pasada han coincidido tres cosas que, a simple vista, no tienen absolutamente nada que ver. Terminé de ver la última temporada de The Boys, escuché un discurso del presidente del gobierno y se jubiló un cargo importante en mi trabajo.

A priori pensarás que no hay ninguna relación. Sin embargo, al sentarme a escribir, me he dado cuenta de que hay un hilo invisible que une estas tres historias.

El sacrificio del líder supremo

Empecemos por las altas esferas de la política. No suelo prestar atención a los discursos oficiales. Sobre todo cuando la relación del orador con la verdad ha sido, como poco, distante durante casi una década. Pero el otro día la función fue especial.

El protagonista nos explicó que sus asesores le insistían en adelantar las elecciones para capitalizar votos. Pero él, en un alarde de heroísmo, se negó. Dijo que prefería sacrificarse y gobernar por el bien de todos.

Más allá del indiscutible cinismo de la escena, me asalta una duda seria. ¿Es solo un papel ensayado ante el espejo o realmente se cree su propio discurso de salvador de la patria? Yo me inclino por lo segundo.

La epístola de la jubilación

El segundo caso lo viví en la oficina. Uno de esos jefes que ha ostentado un cargo relevante se jubiló hace unos días. Para despedirse, nos envió un correo electrónico solemne repasando la lista de logros que, según sus palabras, se habían alcanzado gracias a su gestión.

No dudo de que liderara aquellos hitos y los llevara a buen puerto. Sin embargo, ahí reside la paradoja. A pesar de esa lista de grandes logros en el escaparate, la realidad diaria de los trabajadores es peor: estamos más descontentos y con mucha más carga de trabajo.

El Patriota y el complejo de mesías

Salvando las distancias con la ficción, esta actitud tiene un reflejo exagerado en la serie The Boys. En ese universo, quienes tienen poderes asumen que están por encima del resto, y tanto los héroes oficiales como los villanos acaban utilizando esa supuesta superioridad para su propio beneficio.

Pero destaca Patriota (Homelander), el más poderoso de todos. No le interesa el dinero. Lo único que ansía es alimentar su ego ayudando a los demás para ser adorado como el protector supremo, sin importarle que su supuesta ayuda acabe sembrando el caos.

En psicología esto no requiere capas de colores. Se llama complejo de salvador o complejo de mesías. Ocurre cuando alguien en una posición de poder necesita convencerse de que gracias a él todo funciona, buscando desesperadamente que le den las gracias.

Despotismo ilustrado en el día a día

Ese afán por ser el centro del universo no siempre nace de la pura maldad. De hecho, la historia está llena de líderes que avanzaron creyendo que hacían lo mejor para su pueblo, sacando sus planes adelante a costa de lo que fuera.

Me recuerda a la vieja fórmula del despotismo ilustrado: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Hoy en día, muchos mandos intermedios aplican la misma receta en sus parcelas de poder sin despeinarse.

Es fácil pensar que esto solo afecta a grandes presidentes o directores generales. Pero nos pasa a cualquiera. En cuanto tenemos a alguien a nuestro cargo, es tentador tomar decisiones pensando que les hacemos un favor, cuando en realidad lo hacemos a su costa.

Escuchar la trinchera

Si de verdad queremos ayudar, el camino no es redactar una lista de logros ficticios. En lugar de eso, deberíamos bajarnos del pedestal y preguntar a la gente si las cosas que hacemos realmente les facilitan la vida.

Llevo muchos años en esto del desarrollo de software. Cuando despliego un sistema grande, la inercia me empuja a presumir ante los jefes y a publicar noticias en el portal interno de la empresa para que todos vean lo eficientes que somos.

Pero la realidad te da bofetadas de humildad. En ocasiones, al hablar cara a cara con los usuarios, me confiesan que el nuevo sistema les ha complicado la rutina diaria. Si mi desarrollo empeora la vida de mis compañeros, no puedo, ni debo, colgarme ninguna medalla.

Por suerte, a veces ocurre lo contrario. Cuando me llama un compañero desde una pequeña oficina provincial para darme las gracias porque la nueva versión le ahorra media hora de papeleo diario, es ahí cuando se me ensancha el alma. Esa es la única medalla que de verdad cuenta.

Reflexión: Quien de verdad viene a ayudarte no te redacta un folleto con sus virtudes ni te impone su solución, sino que se sienta a tu lado, te escucha y te aligera la carga.

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Debate (4)

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I
InmaculadaQuinteroChaparro K10
05/06/2026
También pasa que sobrevaloras a los usuarios.
Los cambios cuestan, incluso si son para bien y muchas personas se quejan por deporte, aunque todo vaya mejor.
Hay que ser más como Homelander pero sin pasarse...
A
alberto_juara K10
24/06/2026
Hola Carlos. Me gusta tu web. Sobre este tema, yo creo que, nos guste o no, la reputación y la percepción pública forman parte de la realidad práctica. Lo cierto es que no basta con poseer cualidades, aplicar esfuerzo y conseguir objetivos; hay que lograr que estas cosas sean conocidas y apreciadas.

En la obra "Oráculo manual y arte de prudencia", Baltasar Gracián, allá por el siglo XVII, ya insistía en esta idea: "Las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen."

En definitiva, yo creo que explicar las cosas buenas que se han hecho, hacer ver nuestras virtudes y los beneficios que hemos ayudado a alcanzar, es un trabajo necesario, aunque a veces pueda parecer que estamos presumiendo (también hay que intentar que los demás no piensen que somos unos presumidos).

Gracias. Sigue escribiendo, me gustan tus artículos!!
C
Carlos K100
05/07/2026
Me alegro que te gusten mis artículos. Intento expresar mi opinión de forma sincera, aunque no quiere decir que lo que digo sea cierto, simplemente es como lo veo.
Estoy de acuerdo con lo que comentas, es tan importante hacer cosas buenas como saber transmitirlas y contarlas. En muchas ocasiones, no siempre, se hacen las cosas pensando en los demás y también es importante que lo entiendan y lo sepan ver.
Quizás el problema es que hay una línea de separación muy estrecha entre hacer algo por los demás y hacerlo por nosotros pensando que lo hacemos por los demás.
Gracias Alberto.
C
Cris K101
21/07/2026
Creo que lo que hace bueno a un jefe es precisamente pararse a escuchar la opinión de los que están a su cargo y tenerlos en cuenta al tomar decisiones. Ojalá hubiesen más personas así.