¿Apagar los fuegos te convierte en el combustible? (Parte 3)
Salud Mental

¿Apagar los fuegos te convierte en el combustible? (Parte 3)

No pensaba seguir dándole vueltas al mismo tema. De verdad que no. Pero el otro día escuché un podcast que me hizo reflexionar y me empujó a escribir de nuevo. Prometo que este será el último post sobre esta temática en una buena temporada.

Para que me entendáis, os voy a contar una anécdota de hace unos veinte años. A pesar del tiempo transcurrido, por desgracia, ha envejecido increíblemente bien. Como diría algún joven gamer de hoy en día: vamos con un poco de Lore.

El "experimento" laboral

Madrid, hace ya demasiados años. En uno de los proyectos que yo dirigía por aquel entonces, el equipo estaba al borde del colapso. Lo de siempre: entregas imposibles, prisas constantes y las caras de agobio de la gente en la oficina.

En mitad de ese temporal, uno de los desarrolladores clave decidió bajarse del barco y marcharse de la empresa. Inmediatamente hablé con mi superior para pedirle un sustituto urgente. Sin esa persona, iba a ser imposible sacar el trabajo adelante.

Pero mi jefe tenía otros planes. Con una tranquilidad pasmosa, me dijo que no. Su teoría era maquiavélica: no lo íbamos a reemplazar. El equipo debía absorber su carga de trabajo. Según él, así nos organizaríamos mejor y nos haríamos "más eficientes".

Y la guinda del pastel: decía que cuando en el futuro tuviéramos un nuevo pico de trabajo, metería a una persona nueva y entonces todo el mundo le daría las gracias por la ayuda extra. Una pirueta mental digna de un maestro en cinismo corporativo.

Recuerdo perfectamente la mezcla de indignación, cabreo y sorpresa. Una bofetada a mano abierta contra el sentido común que me dejó con el culo torcido. No me lo esperaba.

¿Qué pasó después? A largo plazo la cosa terminó explotando, como era previsible. Pero a corto plazo ocurrió algo terrible: funcionó tal y como mi jefe predijo. El equipo asumió el trabajo del compañero que se había ido, apretó los dientes y, durante meses, todo salió adelante, incluso mejor que antes.

La trampa de la responsabilidad

Ese modelo de gestión de exprimir a la gente hasta la médula es lo opuesto a mi forma de ver el mundo. Quizá por eso no he hecho carrera en los despachos de las empresas. Pero si las personas te importan un pimiento, ese perverso mecanismo de presión funciona.

¿Por qué funciona? Porque la mayoría de nosotros tenemos una debilidad: queremos hacer bien nuestro trabajo. Ya sea por orgullo profesional, por educación, por miedo al despido o por cualquier otra mierda que el sistema nos ha estado grabando a fuego en la cabeza desde críos.

Cuando falta personal o cuando nos encasquetan al enchufado inútil (ya sabes a qué me refiero), nos echamos el equipo a la espalda. Nos estresamos y nos reventamos por pura responsabilidad. Hacia fuera, todo parece ir sobre ruedas. El problema es que esa falsa estabilidad se financia a un interés muy alto: nuestra salud.

He caído en esta trampa más veces de las que me gustaría admitir, e increíblemente me está volviendo a pasar ahora mismo. En el pasado, mi reacción automática fue redoblar el esfuerzo. ¿Qué conseguí? Que minusvaloraran mi trabajo y asumieran que ese sobreesfuerzo era la nueva normalidad.

Por suerte, las hostias acumuladas (llamémoslo experiencia), las canas y la ausencia de miedo a perder el empleo me han enseñado a decir basta. Mi estrategia actual es radicalmente opuesta: no pienso cubrir el hueco. Voy a hacer que ese vacío sea insosteniblemente evidente.

Romper la fila de ovejas

En lugar de destrozarme la espalda haciendo horas extra para camuflar las carencias del sistema, voy a dejar de hacer tareas secundarias que debí delegar hace años. Simplemente voy a dar un paso atrás y permitir que lo que no se hace, se note.

No podemos seguir comportándonos como ovejas obedientes que caminan en silencio al matadero de la explotación laboral, agradeciendo al pastor que nos deje pastar un día más. Trabajar no es sinónimo de esclavitud consentida. La única forma de frenar el abuso es dejar de tapar las goteras cuando la dirección insiste en quitar las tejas.

A ver qué ocurre. Ya os contaré más adelante... Igual me toca actualizar el currículum.

Reflexión: Si actúas como una oveja dócil, no te quejes cuando te esquilen hasta la piel. La obediencia ciega nunca se premia con gratitud, sino con más tijera.

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