Antes de doblar la rodilla (Parte 1)
Si eres joven, probablemente esto te suene a chino. Aunque cada vez veo esto en gente más joven. Llega un día en el que te das cuenta de que la carga pesa demasiado, de que has perdido el control del timón y de que lo único que te queda es dejarte llevar por la corriente y esperar el impacto.
El fantasma de la última fila
Lo he visto en muchas ocasiones, compañeros que arrastraban los pies y repetían el mismo mantra: "Esto no hay quien lo arregle, no te dejes la piel, que cuando cumplas cincuenta te apartarán igual".
Yo los miraba por encima del hombro. En mi inmensa arrogancia de treintañero, saltando de empresa en empresa cada tres años con notables subidas de sueldo y de categoría, los consideraba muebles viejos. Tipos sin ambición que se habían rendido y esperaban la jubilación como quien espera el autobús de vuelta a casa.
La bofetada del retrovisor
Qué rápido te da perspectiva el tiempo. No es que esté en su misma situación, todavía no he bajado los brazos ni me arrastro por los pasillos, pero ahora los comprendo.
Quiero mejorar las cosas, meto horas, me dejo la salud en parchear sistemas obsoletos y procesos absurdos, ¿y para qué? Para nada. En este circo, cada vez que intentas arreglar un entuerto por las buenas, acabas salpicado por la mierda de otros. El esfuerzo honesto solo sirve para señalarte.
Mi entorno me lo dice claro: "Vive de las rentas, déjate de quijotadas y haz tu trabajo más cómodo". No les falta razón. Pelear contra la marea a estas alturas es una estupidez soberana. Es mucho más inteligente cruzar los brazos y ver cómo se hunde el barco sin que te salpique el agua.
El precio de no doblar la rodilla
A veces pienso en Blas de Lezo. Quien conozca la historia sabe de quién hablo; quien no, encarna exactamente lo que quiero expresar. Hablo de un gigante que entregó una pierna, un brazo y un ojo defendiendo un imperio. Un hombre que doblegó a los ingleses cuando la derrota era una certeza, solo para acabar enterrado en una fosa común, ninguneado por los suyos y, hoy, manoseado por revisionistas de despacho. Es el absurdo de luchar contra el destino para que cualquier ley de memoria histórica reescriba tu sacrificio según la moda política del mes.
Ese es el destino de los que no se doblegan en un entorno hostil. El olvido, la incomprensión o la caricatura. Luchar contra corriente a veces solo sirve para ahogarte más rápido.
Retomando el presente
Dejando tranquilo a este héroe legendario y volviendo a terrenos más simples y mundanos, ¿merece la pena seguir luchando? Esa es la pregunta que me muerde por dentro. Hace diez años habría mandado todo a tomar por saco y habría cambiado de trinchera sin que me temblara el pulso. Hoy, las piernas pesan más.
Pero hay algo indomable, un mecanismo físico que no se puede programar. Cuando me imagino bajando la cabeza en la reunión de las 9:00, tragándome el enésimo sinsentido corporativo, el cuerpo me dice que no. La sangre me quema por dentro.
No me da la gana pasar por el aro. No me rindo. Quiero resolver esto en unos días y pienso pelear cada centímetro de terreno hasta conseguirlo.
Reflexión: El verdadero programador no se jubila porque quiere; se retira cuando el compilador de la vida le devuelve un error que ya no tiene fuerzas para depurar.
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